Sánchez, ¿duerme usted bien?

Doy por descontado que usted nunca leerá estas modestas líneas, porque solo frecuenta y admite medios informativos de su ideología. Le gusta el pesebrismo. Pero como español de un país (por ahora) libre, imagino que tengo derecho a escribir una carta dirigida a aquel que he de soportar como presidente del Gobierno (probablemente el peor de nuestra democracia y sin duda el de una pasta moral más resbaladiza).

Un día, meses atrás, se me acercó una persona que le había tratado a usted en la pandilla de su juventud: «Es lo peor. No siente ni padece. Le da todo igual menos él mismo. Quiero que lo sepas», me advirtió. Y había más y peor, que no quiero reproducir. En aquel momento me parecieron unas frases demasiado duras, un tanto hiperbólicas. Hoy, por desgracia, tiendo a pensar que su viejo conocido hacía diana en la verdad.

Usted es madrileño. Tiene 50 años. Está casado, en un matrimonio que parece feliz y estable, y es padre de dos hijas adolescentes, Ainhoa y Carlota, que serán parte de la España del futuro, esa cuya destrucción está facilitando. Su padre, señor presidente, tuvo éxito con su empresa y le pudo facilitar una infancia y juventud cómodas. Usted estudió en colegio católico privado, luego hizo la carrera en una facultad de pago, también le costearon onerosos estudios de inglés. La vida lo ha tratado bien. Ha llegado a la cima: presidente de España, su país. Entonces, ¿qué extraña avería interior lo ha llevado a elegir como aliados a unos separatistas xenófobos que tienen como meta declarada destrozar España? ¿Qué delirio político lo ha incitado a desguazar nuestro Estado de derecho y aflojar los hilvanes de la unidad nacional para hacerle la vida más sencilla a un retrógrado separatismo golpista?

Escribiendo esta carta me preguntaba si es demasiado duro llamarle traidor. No tengo clara la respuesta (o sí). Pero desde luego su trayectoria está ahí: usted ha traicionado a todos y todo.

Se ha traicionado a sí mismo, lo peor que puede hacer una persona, pues en su día apoyó aplicar el 155 para frenar el golpe sedicioso de 2017 y, más tarde, en la campaña de noviembre de 2019, se envolvió en la bandera de España y prometió convertir en delito la convocatoria de consultas y traer preso a Puigdemont.

Al acabar con el delito de sedición, ha traicionado también a los funcionarios del Estado que pelearon para frenar la intentona de 2017 y a los catalanes que se manifestaron por España en las calles. Ha traicionado a los policías que las pasaron canutas para frenar el referéndum ilegal (a los que usted ha insultado llamándolos «piolines» en sede parlamentaria). Ha traicionado a los jueces que lucharon por mantener el imperio de la ley en un entorno de acoso por parte del poder insumiso catalán, como el juez Llarena, entre muchos otros. Ha traicionado al Supremo, primero con los indultos y ahora cepillando el Código Penal al servicio de las necesidades de su personal ombligo.

Digamos toda la verdad: ha traicionado incluso al jefe del Estado, Felipe VI, que en 2017 dio un crucial discurso llamando a reponer una legalidad que ahora usted convierte en agua de borrajas con una tropelía arbitraria.

Ha traicionado a la opinión pública española, que no quiere la rebaja de la sedición, ni quería tampoco los indultos. Ha traicionado a la mayoría de los votantes de su propio partido, que según las encuestas tampoco compartían este regalo a los separatistas. Ha traicionado la «E» de español que todavía sigue figurando en el apellido del PSOE, aunque sea ya de manera absurda, sarcástica.

Ha traicionado a la verdad, con el argumento mendaz de que acomete esta reforma para equiparar el tipo delictivo con los del resto de Europa. Es falso: en Alemania, Francia o Italia un intento de independizar a la brava una región, como hizo el Gobierno catalán en 2017, recibiría penas muchísimo más severas que las que aplicó aquí el Supremo.

En definitiva, ha consumado usted la felonía de traicionar a su país y siente que es impune. Cree que levita por encima de nosotros. Piensa que gobierna a una grey perfectamente aborregada por su cañón de propaganda televisiva, que puede hacer lo que le dé la gana, porque tragaremos con todo, como hasta ahora. Pero las urnas no serán clementes. Le esperamos el año que viene, señor Sánchez.

Luis Ventoso

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