Mundial y vergüenza

El Mundial de Qatar está dando que hablar por muchos motivos, pero no precisamente por la grandiosidad de los estadios, construidos como todo en ese país sobre terreno arrebatado al desierto y al mar, sino por la situación de la mujer y de otros colectivos, entre otras muchas cosas que chirrían de allí.

Empecemos por decir que los estadios son una suerte de pirámides de la edad actual, grandiosos y ostentosos como procede en unos nuevos ricos como son los qataríes, en cuya construcción han perecido, al parecer, más de seis mil personas. Un auténtico horror. Qatar pretende dar la imagen al exterior de ser un lugar de lujo y glamur y atraer con ello el turismo mundial, pero en realidad es un lugar sin pasado, construido a base de petrodólares en un enclave absolutamente inhóspito y sin ningún atractivo en realidad, salvo las construcciones fantasmagóricas, porque hay cientos de edificios enormes vacíos. En realidad, Doha no es una ciudad, sino una especie de parque temático en el que podemos caer en la tentación de creer erróneamente que estamos en un sitio civilizado. Y, como es un horno en cualquier momento del año, seguro que las altas temperaturas han sido en buena medida, junto con la falta de medidas de seguridad, las responsables de tantas muertes de los obreros. La cifra es espeluznante y una vergüenza. Por otra parte, hay sospechas más que fundadas acerca de las pésimas condiciones de vida de los obreros, confinados en guetos, que por supuesto son mano de obra barata importada. De hecho, los qataríes no trabajan, no lo necesitan. La FIFA jamás debería haber decidido que Qatar fuera la sede del Mundial de fútbol, porque los estadios se han convertido en monumentos a la ignominia.

Yendo al tema central del artículo, la cuestión de las mujeres, que podríamos ampliar con la situación del colectivo gay y las prohibiciones de consumo de alcohol, todo ello da una imagen global de Qatar. Un país con una dictadura, sometido a las limitaciones impuestas por la ley islámica, y en el que las mujeres están bajo la tutela de los hombres. Las mujeres qataríes se quedan en casa, se relacionan entre ellas, y cuando salen no pueden exhibir su rostro, sino que se ven obligadas a portar el velo islámico, a fin de que ningún hombre pueda verlo. Están sometidas al poder del varón y carecen de libertad para viajar o trabajar, entre otras muchas cosas. En cuanto a la homosexualidad, se considera delito, pese a que la realidad contradiga esta regla. También por este motivo la FIFA no debería haber organizado la Copa del Mundo en este país, porque los derechos básicos de las personas no están reconocidos.

Por lo que se refiere a lo del alcohol, a pocas horas del comienzo de los encuentros el gobierno qatarí ha anunciado que no estará permitido su consumo en los estadios, ¡pues claro! ¿qué se habían creído, que lo iban a autorizar? El patrocinador del Mundial, Budweiser, no va a poder vender más que la versión sin alcohol durante los partidos. Un contrasentido.

Evidentemente el motivo de que la FIFA haya llevado el Mundial a Qatar es económico, dado que parece que la inversión que se ha realizado para este macro evento ronda los 250.000 millones de dólares, una cifra astronómica. Aunque parezca lo contrario, no todo es dinero en la vida.

Considero que el país que acoja el Mundial ha de cumplir unas condiciones políticas mínimas -democracia, Estado de Derecho, igualdad de derechos entre hombres y mujeres, derechos y libertades básicos de los ciudadanos, o libertad de expresión, entre tantos otros requisitos ineludibles. En caso contrario, parece que se premiara de forma injustificada a quien no hace bien sus deberes.

Se pretende que el turismo en Qatar crezca y todo esto del Mundial no es sino una macrooperación de maquillaje, a base de billetes, para potenciar la imagen positiva del país. Ahora solo queda ver si los partidos reciben el mismo seguimiento que en anteriores ediciones, lo que demostrará que, una vez la pelota se eche a rodar, nos da igual ocho que ochenta. Y enhorabuena a los artistas que han decidido no acudir al país en señal de protesta. Algo es algo y seguro que su gesto invitará a la reflexión a más de uno.

Mónica Nombela

Letrada directora de Nombela Abogados

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